La historia del paraje Malezal ocurrió en 1959, cuando yo era apenas un chico. Hoy, tantos años después, vuelve a interpelarnos desde los mismos lugares. No es una coincidencia, sino la consecuencia de realidades que persisten, deudas que no se saldan y ausencias que atraviesan generaciones.
Por Arquímides Tognola
AMELIA y otras historias del Malezal LA MAESTRA
Enorme alegría en la familia y en el pago, la 5ta. de Fierro, invencible sección, que ni en las épocas más duras de Perón cayó en las urnas, ese día de elecciones se repetía la historia y como en tiempos de caudillos de mi abuelo Arquímedes y su hermano el tío Mimi, el triunfo del radicalismo fue amplio y motivó la algarabía de los paisanos malezaleros sobre todo, Piragine Niveyro (gobernador de la Provincia de Corrientes), Frondizi, presidente. Sin dudas esto traería otros vientos en la zona.
Era muy chico entonces, voy a escribir lo que recuerde y lo que mi madre me contaba mientras amasaba esos inolvidables pasteles con hojaldre, olor a miel e infancia, a la sombra del parral.
El resultado electoral trajo consigo el nombramiento de mi tío “Toni” como Juez de Paz del pueblo. Yo estaba triste, se iba con toda la familia, su esposa Ema, que vino designada maestra única de la 434 y en ese pago encontró el amor, se aquerenció, después vinieron los hijos, mis primos, compañeros inolvidables de aventuras a orillas del Barrancas.
Se fueron una tarde soleada de fines de febrero, dejando en silencio la casa que habitaron. El viento norte se hacía caliente melodía, gimiendo en las ventanas su suerte de tapera. Los padres preguntaban: –“¿Qué saben de un maestro? ¿Cuándo estará llegando?-“
La policía, que entonces buscaba a los que no iban a la escuela, llevaron al jefe departamental la queja sobre el tema. El comisario asumió ese compromiso: – “Ustedes saben que es difícil, nadie quiere venir a estos parajes, no hay transporte, ni medios sanitarios, para colmo si Barrancas está crecido se complica” decía preocupado.
El monte ofrecía los últimos bullicios antes de entrar al invierno, los arrullos de torcaza y el cotorreo de loros explotaba en concierto sobre el algarrobal. Rompe esa armonía celestial de la naturaleza el rudo chirriar del carro de Gabecho que despertó a la jauría que salió a su encuentro.
Ella venía sentada en un banquito atado a la baranda de madera, llegaba adormilada por el traqueteo, apenas vio a mi madre le extendió la mano diciendo soy la nueva maestra, era morocha, espigada, una boina de terciopelo con una cinta azul adornaba su cabeza, lucía un traje de pana color musgo, la falda hasta sus botas de color negro. Nariz apenas aguileña, pómulos aindiados, mirada indescifrable, destellos de pena o de tristeza, quizás de ira contenida, la envolvían con un halo de misterio.
Allí, parada, elegante, distinguida, frágil y ausente al mismo tiempo, parecía una orquídea del monte sobre el barro que perfumaba saberes y esperanzas de esos niños olvidados. Le mostramos la casa, era de adobe y paja, forma de “chorizo” y piso de ladrillo, las habitaciones en hilera hasta la del fondo que hacía de despensa, con zarzos para quesos y estantes de madera. Las puertas y ventanas daban a la galería donde colgaba la vieja fiambrera reparo de charques, leche cruda o mazamorra. Para ir a la cocina se pasaba junto al pozo en medio del parral. Eso era todo, y a lo lejos, el galponcito para guardar las calchas y las trojas de maíz al lado del corral.
Esa noche, mi cuarto la albergó, yo saqué mis cosas y armé mi desarraigo en la habitación principal junto a la cama de mis padres.
Pronto se adaptó, apenas levantada iba con su mate camino del corral, en busca de mi madre, hablaban y reían mientras ella le ordeñaba leche fresca para su desayuno, al rato tomaba el portafolios camino de la escuela. No era lejos, mil metros más o menos, por el camino de la costa, de nuestra casa se divisaba la copa del ombú a cuya sombra se erguía un rancho largo, techo de paja de dos aguas, era un solo ambiente que albergaba dos armarios, un pizarrón, un viejo escritorio con su silla de esterilla y en las paredes colgaban algunos mapas y láminas de colores, eso era todo el capital educativo de la escuela humilde y pulcra, con aromas de tiza y tinta vieja.
Las clases comenzaron a principios de junio, pronto se ganó el respeto y el cariño de la gente, los fines de semana venían a buscarla para invitarla a los cumpleaños o fiesta de algún santo. A veces, fue hasta el pueblo, a cobrar y comprar algunas cosas y pegaba la vuelta en el Expreso Sauce. Gabecho la esperaba en Tres Bocas y después la travesía de tres horas en carro al malezal.
Las cosas iban bien, ocupada todo el día con temas escolares. Recién cuando las sombras se iban alargando para dar paso a la noche, su ímpetu paraba, entonces se hacía cargo de aquello que arrastraba, motivo del insomnio mojado por el llanto de tantas madrugadas. Esa mañana de noviembre el calor apretaba, a la sombra del ombú del patio jugaba con los niños, la alteró un jinete que llegaba a la tranquera y decía: “Correspondencia de la Estafeta de Correos de Tres Bocas para la señora Fátima Maluf Ibrahín”. Hizo su entrega y se perdió en el monte. Fue el último día que la vimos, llegó a casa presurosa, corrió a la habitación, puso algunas ropas en su bolso: -Vuelvo en unos días –musitó- y partió junto a Gabecho hacia la ruta.
Llegó diciembre y ni noticias de la maestra, de hecho, vacaciones, la desaparición fue el tema del verano, hasta que a fines de febrero se apersonaron dos agentes en la casa, intercambiaron palabras en voz baja con mis padres y se retiraron con la valija marrón y algunas prendas. Nunca más se sacó el tema, cuando quería preguntar, largo silencio, el enigma acompañó mi adolescencia, no insistí más, tenía mis propios problemas, recibido de maestro, cursé Derecho en la Universidad Nacional del Litoral en Santa Fe, en los violentos inicios del 70, con el ERP y Montoneros rompiendo mis sueños de estudiante, volví a mi casa y terminé en el Padrón de Interinatos y Suplencias.
Llegué al pago con una resolución para suplencia en la Escuela Nacional, personal único, ubicación inhóspita, paraje Malezal, apurado por contar a mis padres de ese logro. Después de la cena, quedamos solos con mi madre conversando, me tomó de las manos y con esa infinita dulzura que irradiaba, me dijo quedamente: – “Es hora que te cuente sobre Fátima. Sus padres Kamil y Zara emigraron de Damasco, al final de la Primera Guerra se casaron, los esperó un tío mercader de telas del barrio de Once.
Se instalaron en Villa Ballester en una vieja casona frente a la plaza, allí pusieron una tienda. Ella nació el año que derrocaron a Yrigoyen, se crió en el barrio, sus padres prosperaron, fue al colegio y después terminó graduándose de maestra en la escuela Normal Superior Rosario Vera Peñaloza de Villa Ballester.
Se instalaron en Villa Ballester en una vieja casona frente a la plaza, allí pusieron una tienda. Ella nació el año que derrocaron a Yrigoyen, se crió en el barrio, sus padres prosperaron, fue al colegio y después terminó graduándose de maestra en la escuela Normal Superior Rosario Vera Peñaloza de Villa Ballester. El dolor y la soledad la empujaron a casarse. José vino a vivir con ella y pronto mostró su carácter violento. La maltrataba duramente, la arrastraba del pelo, la dejaba horas encerrada, su vida fue un infierno. Pensó que un hijo podría cambiar las cosas.
Así nació Kalil y en vez de mejorar, se complicó. José trajo a su madre, una ruda polaca cincuentona, para ayudar con el bebé y fue peor, la tenían de sirvienta, la ataban a la cama, no dejaban que se acerque a Kalil. Una tortura insoportable. Hasta que una mañana, no sabía de qué día, la polaca amaneció con dolores en el pecho, José sacó su auto, alzó a Kalil y a su madre y fueron al Hospital de San Martín.
La urgencia la salvó, se olvidaron de ella. Juntó la ropa que podía en la valija marrón, unos bolsos, los documentos, el diploma y unos pesos que guardaba su marido. Tomó un tren, se bajó en la estación, sacó un pasaje para el micro que salía. Recién cuando subió miró el destino del boleto, era Esquina. Se persignó dos veces y se recostó sobre el asiento y se durmió.
Lo demás es conocido, un policía le contó lo de la escuela, el comisario le allanó todos los trámites y al otro día llegaba al Malezal en el carro de Gabecho”. -Me soltó las manos, guardó un largo silencio y sentenció: -La carta, fue culpa de la carta. José por sus contactos la encontró, le escribió, la perdonaba, que vuelva, que Kalil la extrañaba, que estaba todo bien. La misma noche que llegó, la mató de tres balazos en el zagúan de la casona. La causa se cerró, legítima defensa aducía el parte policial. -Nos quedamos largo rato, abrazados, la mirada perdida en el fogón-.
Fue imposible conciliar el sueño esa noche, en mi cabeza daba vueltas la historia que me develó mi madre, la tragedia formaba parte del inventario de la escuela, la ansiedad y la curiosidad guiaron mis pasos, antes de que amanezca, hasta el viejo salón olor a tiza, busqué el armario en la penumbra y apilé los registros escolares sobre un banco a la espera de que salga el sol. Me latía el corazón con fuerza cuando encontré el registro del Personal del año 1958. Se leía claramente la prolija letra de Fátima “Entrada 7,30hs. Salida 10,45Hs” y en Observaciones puso: “El personal docente se retira por razones familiares”.
Debajo su firma y su sello. Me quedé atontado, hasta olvidé hacer sonar la campana de llamada a clases que colgaba en la vieja galería y ya el ruido de caballos, de voces y de risas, me indicaban la llegada de alumnos, casi todos conocidos. Izamos la bandera mientras cantábamos Aurora y después la fila en silencio se dirigió al aula.
A pesar de que me conocían de siempre, estaban expectantes, me paré frente a ellos, había memorizado las palabras de ese primer día, sentí entre las manos el antiguo registro amarillento y entonces la angustia se hizo nudo en mi garganta y lloré, solo lloré por la memoria de esa maestra que buscó refugio en esa tierra tan inhóspita y, sin embargo, igual la maldad del ser humano la mató.
