Lina María Cano Vásquez, decana de la Escuela de Educación y Pedagogía de la UPB, habló con Ticmas sobre la nueva Licenciatura en Tecnología Educativa, un programa que acaba de obtener acreditación de registro calificado y que forma profesionales para un mundo donde enseñar y aprender ya no se limita al aula
Por Patricio Zunini
La llamada entra puntual y del otro lado de la pantalla aparece Lina María Cano Vásquez con la cadencia inconfundible del acento paisa, ese hablar musical y cálido que en Antioquia parece ser casi un documento de identidad. Habla con precisión académica pero sin perder la cercanía de las conversaciones del interior colombiano. Elige las palabras con cuidado, construye las ideas por capas, y cada vez que podría caer en la jerga técnica del sector, se mueve hacia lo concreto: al aula, al docente, al estudiante, a la pregunta de fondo sobre qué significa realmente aprender.
Cano Vásquez es doctora en Educación, magíster, especialista en Gestión de Procesos Curriculares y licenciada. Es también decana de la Escuela de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) —que incluye la Facultad de Educación con sus programas de pregrado y posgrado— e investigadora activa del grupo EDULAAP, Educaciones, Lenguajes y Ambientes de Aprendizaje, donde desde hace años estudia los procesos de apropiación de tecnología en contextos educativos. Ha asesorado investigaciones de pregrado y posgrado, coordinado proyectos de extensión locales, nacionales e internacionales, y trabajado en la intersección entre TIC, educación STEM e innovación pedagógica. En otras palabras, no es alguien que habla de tecnología educativa desde la teoría: habla desde el territorio.
En diálogo con Ticmas, Cano Vásquez presentó la Licenciatura en Tecnología Educativa de la Facultad de Educación de la UPB, un programa que acaba de recibir acreditación de registro calificado y que está comenzando su etapa de difusión y convocatoria. Esta licenciatura nació de una convicción que la UPB viene desarrollando desde hace tiempo en sus líneas de investigación: los problemas educativos contemporáneos ya no se resuelven desde una sola disciplina, ni se circunscriben únicamente a la escuela como institución. El mundo laboral, las organizaciones de todo tipo, el sector privado y el público comparten hoy una necesidad que antes era casi exclusiva del sistema educativo formal: pensar cómo se enseña y cómo se aprende dentro de sus estructuras.
“Cuando hablamos de resolver problemas con tecnología, no nos referimos solo a la escuela o a las organizaciones que se dedican en exclusividad a lo educativo”, dice Cano Vásquez. “Nos referimos a resolver problemas en diferentes organizaciones que piensan los procesos de enseñar y de aprender. Cualquiera que sea hoy, en términos de gestionar el conocimiento, requiere procesos de enseñanza y aprendizaje. Requiere pensarse cómo fortalecer las capacidades de los equipos de trabajo, cómo fortalecer las competencias”.
Desde esa perspectiva ampliada, la licenciatura busca formar profesionales con competencias del siglo XXI que puedan desempeñarse en instituciones de educación básica y media —donde el área de tecnología e informática es obligatoria tanto en colegios públicos como privados de Colombia— pero también en empresas, organizaciones sociales, entornos de formación corporativa y cualquier escenario donde alguien necesite aprender algo. El programa cubre entornos formales, informales y no formales, y lo hace con conciencia de que las fronteras entre esos mundos son cada vez más porosas.
El perfil que buscan construir incluye capacidades para gestionar y liderar proyectos tecnológico-educativos en modalidades presenciales, híbridas y virtuales; diseñar contenidos digitales para distintos niveles y contextos socioeducativos; y desarrollar experiencias de aprendizaje que sean sostenibles y pertinentes para cada entorno. Pero también —y esto es central en la propuesta de la UPB— investigar el fenómeno tecnológico como hecho social y educativo. La licenciatura tiene detrás de sí el respaldo del grupo EDULAAP y su línea de investigación en Ambientes Virtuales de Aprendizaje, que lleva años produciendo conocimiento sobre lo que implica el uso y la apropiación de tecnología en procesos formativos.
“A veces pensamos, por lo menos en Colombia, que formar licenciados es para que trabajen en la escuela, para que formen niños, niñas y adolescentes, o para que quienes son más aventajados sean profesores universitarios”, dice Cano Vásquez con una sonrisa que sugiere que este es un prejuicio que ha tenido que desmontar más de una vez. “Esta licenciatura está pensada para que se forme en la escuela, sí, pero también para que haya una mirada puesta en que hay muchos sectores y muchas organizaciones que requieren de perfiles que doten de sentido a la tecnología y resuelvan problemas a través de ella para lo educativo”.
La tecnología como medio
Cuando se le pregunta por la articulación entre la academia y el ecosistema EdTech —las empresas que desarrollan soluciones tecnológicas para la educación—, Cano Vásquez establece de entrada un principio que atraviesa toda su concepción pedagógica y que, en cierto modo, es la clave de lectura de todo lo que dice después: “La tecnología es un medio y no es un fin”.
No es el dispositivo, no es la plataforma, no es el artefacto ni el software lo que hace posible el aprendizaje. Lo que lo hace posible es la mediación: “Las estrategias pedagógicas, tecnológicas, didácticas que hacen que realmente el aprendizaje y la formación sucedan”. Un licenciado en tecnología educativa es, precisamente, alguien formado para construir esa mediación. No solo para usar herramientas, sino para pensar cómo esas herramientas pueden transformar una experiencia de aprendizaje y en qué condiciones esa transformación es posible.
Eso explica por qué, en el medio de una conversación sobre tecnología educativa, la decana termina hablando de habilidades profundamente humanas: trabajo en equipo, comunicación asertiva, pensamiento crítico, resolución de problemas. “No podemos poner la tecnología en el centro”, dice, y continúa: “En el centro ponemos al humano que dota de sentido a la tecnología para beneficiarse, para fortalecer sus conocimientos, para formarse, para aprender, para resolver la vida cotidiana”.
Y agrega: “Más allá de enseñar el uso de esa tecnología, es generar competencias que hagan posible que la persona encuentre sentido al uso de la tecnología desde su cotidianidad“. No se trata, entonces, de alfabetización digital entendida como manejo de herramientas, sino de algo más profundo y más difícil: que las personas puedan incorporar la tecnología a sus vidas y a sus procesos formativos con criterio, con intención y con sentido.
La misma lógica se aplica para el vínculo entre los egresados de la licenciatura y las empresas del sector EdTech. Un licenciado en tecnología educativa, dice Cano, no es el que vende el software ni el que instala el dispositivo. Es quien puede garantizar que esa tecnología, una vez en el aula o en el entorno de formación, produzca una transformación real.
La mirada interdisciplinar es, para ella, no es una recomendación sino una condición necesaria. “La investigación, la formación y el recorrido que hemos tenido en la universidad nos hacen pensar que resolver problemas desde la particularidad de una disciplina ya no es posible. Tenemos que pensar interdisciplinariamente”. Un ingeniero que desarrolla una solución educativa sin pensar en lo pedagógico puede producir algo técnicamente brillante que, sin embargo, no funcione en ningún aula. Un pedagogo que no entiende la tecnología puede proponer experiencias que son imposibles de implementar. El licenciado en tecnología educativa, según Cano Vásquez, es quien tiene ese puente y, más importante aún, quien puede advertir antes del lanzamiento dónde está la fisura.
Las brechas que no son solo de acceso
¿Cuáles son los retos más amplios del sistema educativo? ¿En qué medida la tecnología educativa puede contribuir a enfrentarlos? Para Cano Vásquez, los estudiantes de hoy tienen distintas capacidades cognitivas —las atencionales, las de memoria, las de lenguaje, las de pensamiento— a los de años anteriores y por eso deben cambiar los modelos pedagógicos. En ese marco, la tarea de un licenciado en tecnología educativa es ser diseñador de experiencias y contenidos pertinentes para ese nuevo sujeto que aprende, en contextos diversos y desde situaciones reales.
Uno de los desafíos centrales que identifica es el cierre de brechas digitales. Pero enseguida matiza la expresión para ir más allá de la lectura habitual. “Esas brechas no solo se reconocen como las condiciones de acceso que tienen los sujetos”, dice, “sino que también son brechas de cómo los sujetos se apropian de la tecnología y la usan para mejorar su condición y su calidad de vida. Y también están las brechas emocionales: cómo enfrento yo el uso de la tecnología“.
Tres dimensiones de una misma desigualdad. No alcanza con conectar a alguien a internet si no tiene las herramientas cognitivas para usar esa conectividad de manera significativa. No alcanza con poner un dispositivo en manos de un docente si ese docente siente temor o rechazo frente a la tecnología. La licenciatura busca formar profesionales que puedan leer esas tres dimensiones y actuar sobre todas ellas.
La inteligencia artificial: ni amenaza ni atajo
Inevitablemente, la conversación desemboca en la inteligencia artificial. Y aquí Cano Vásquez también tiene una posición construida con cuidado, lejos tanto del entusiasmo acrítico como del pánico apocalíptico que suelen dominar el debate público. “En ningún caso como una amenaza. Más como una herramienta que puede potenciar el ecosistema educativo, siempre y cuando se use con sentido ético”.
Y subraya: “No es el uso de la herramienta que allí tengo y que la uso de múltiples maneras, sino que su uso esté ligado a una conciencia crítica de qué es la inteligencia artificial para que pueda usarla y cuáles son las maneras éticas de hacerlo”. Uso con conciencia. Conciencia con criterio. Criterio con formación. Es un camino que no se recorre con un curso rápido. “Solo con un prompt no entiendes la inteligencia artificial. Hay que saber un poquito más e ir un poquito más adelante de lo que incluso la inteligencia artificial me puede brindar”. En el programa de la UPB, la IA es transversal a todos los procesos formativos.
La clave, insiste, está en el diseño pedagógico que rodea a la herramienta: “Si le pones el toque pedagógico y el toque didáctico para que se vaya un poco más allá, es una herramienta de mucho valor. Pero hay que saberla utilizar y hay que saber jugar desde lo pedagógico y desde lo didáctico”. Y en cuanto a la pregunta recurrente sobre si la inteligencia artificial terminará reemplazando al docente, su respuesta es propositiva: “Nuestro rol como docentes es protagónico. La tecnología nos entrega un montón de cosas, pero el sentido que yo le doy dentro de los procesos educativos, la inteligencia artificial no lo va a hacer. Lo hacemos nosotros”.
