Por Emiliano Samar

Hay un instante, previo a toda escena pedagógica, en el que el aula es apenas un silencio abierto. Un territorio todavía sin cartografiar, a la espera de lo que pueda suceder cuando dos o más cuerpos se disponen a compartir un tiempo.

Escribí hace un tiempo sobre las pantallas, sobre esa luz fría que se cuela entre nosotros y nos va acostumbrando a mirar sin encontrarnos del todo. Vuelvo ahora sobre esa misma inquietud, pero desde el lugar donde paso la mayor parte de mis días: la gestión de instituciones de enseñanza artística, la práctica docente y la investigación. Ahí nos encontramos todos los días con esa fragilidad: estudiantes y docentes que llegan atravesados por la intemperie social, el cansancio y una profunda desarticulación de los vínculos afectivos.

La pregunta que insiste no es solamente cómo enseñamos o cómo se aprende, sino qué narrativas institucionales construimos para recibir ese malestar. Frente al mandato de eficiencia que pretende convertir los espacios de formación en usinas de acreditación rápida y resultados mensurables, la escuela tiene hoy el deber de operar como una zona de amparo, de hospitalidad y de tejido de una nostredad habilitante.

No podemos pensar la educación, y mucho menos la enseñanza de las artes, de espaldas a los dispositivos que modelan nuestro presente. Habitamos una época en la que la aceleración tecnológica y la datificación masiva no solo reconfiguran la economía: también modifican la textura de nuestra sensibilidad y de nuestros vínculos.

En las aulas, la irrupción de las inteligencias artificiales generativas produce una oscilación pendular entre el espanto apocalíptico y la fascinación acrítica que busca delegar en el algoritmo la aventura del pensamiento. Lo vemos a diario: colegas que prohíben, colegas que se entusiasman sin condiciones, y en el medio, la mayoría, que no sabe muy bien dónde pararse. Y quizás no haya que pararse en ningún lugar fijo, sino aprender a moverse con esa incomodidad, sin resolverla antes de tiempo. A fin de cuentas la inteligencia artificial no es ni tan inteligente ni tan artificial.

Sin embargo, el dilema no consiste en prohibir la tecnología ni en entregarnos a su inercia. Las plataformas amenazan con uniformar el ecosistema cultural bajo la tiranía de la recomendación inmediata, pero también nos desafían a ensayar colaboraciones críticas con las máquinas, sin ceder el deseo ni la autoría humana.

El problema aparece cuando la interfaz reemplaza al rozamiento. La inteligencia artificial puede procesar millones de patrones, redactar premisas o generar imágenes pulidas en pocos segundos. Pero no puede poner el cuerpo, temblar, dudar ni sostener la mirada de un compañero. Ninguna base de datos guarda el temblor de una voz que se anima por primera vez a decir un texto en voz alta frente a otros.

Ahí reside la fuerza pedagógica del encuentro. La posibilidad de la vivencia. La potencia de las experiencias estéticas y del discurrir que favorecen las artes. En tiempos de presencia desvanecida, el aula, el teatro, el salón de música o de artes visuales se convierten en una trinchera contra la velocidad anestesiante. Es el lugar donde reivindicamos la lentitud del ensayo, la belleza del error y el valor incalculable de aquello que no produce un rendimiento inmediato.

Las experiencias estéticas, más allá de los lenguajes y las disciplinas específicas, abren un territorio de posibilidad. Nos permiten recuperar algo que la lógica algorítmica tiende a borrar: la dimensión imprevisible, contradictoria y sensible de lo humano.

Se vuelve urgente la recuperación de cuerpos interconectados que supere la lógica de usuarios aislados. Para alojar la complejidad de esta época necesitamos también revisar los marcos desde los cuales pensamos a quienes habitan nuestras instituciones. Desde una perspectiva poshumana se nos invita a abandonar la ilusión del sujeto individualista y autosuficiente para asumir que somos seres interconectados, constituidos en relación con otros cuerpos, con la naturaleza y con las mediaciones tecnológicas.

Esa idea, lejos de ser una abstracción teórica, tiene consecuencias muy concretas en la manera en que diseñamos una clase, en cómo evaluamos, en cómo nombramos lo que le pasa a un estudiante que no llega, que no entrega, que se cae del sistema. Si la vida es un entramado de afecciones mutuas, las escuelas y las prácticas de enseñanza artística no pueden seguir reproduciendo lógicas extractivas de competencia. Necesitamos redes de cuidado y producción colectiva.

Esta mirada adquiere una urgencia política. La educación es, ante todo, una práctica de la libertad: una tarea que exige construir aulas como espacios éticos de transgresión, escucha y reparación. No hay aprendizaje real si no existe un compromiso con el bienestar integral de la comunidad educativa. Enseñar no es depositar contenidos, es, en cambio, comprometerse con la creación de un espacio donde todas las voces importen y donde la vulnerabilidad no sea leída como una falla, sino como el punto de partida de una potencia creativa.

Si gestionar es cuidar, habitar hoy un espacio educativo o de formación artística supone desplazar la mirada jerárquica y pensar la gestión como una tarea de cuidado y composición. Gestionar, en este sentido, se parece más a dirigir una orquesta que a administrar un organigrama: hay que escuchar los tiempos de cada instrumento, tolerar el desafinar de los ensayos, sostener la incertidumbre de lo que todavía no suena.

Si la sociedad expulsa, fragmenta y aísla, la institución educativa tiene que saber alojar. No se trata de bajar las exigencias ni de renunciar a la calidad educativa, sino de entender que la exigencia y el cuidado no son términos opuestos. Enseñar y aprender es, quizás más que nunca, un ejercicio de resistencia física y afectiva. Frente al aislamiento de las pantallas y a la lógica algorítmica, elegimos la insistencia del encuentro cara a cara. Elegimos el aula como el último territorio donde todavía negociamos con otro cuerpo, en tiempo real, sin la posibilidad de cerrar la ventana.

Elegimos crear espacios donde el malestar no sea tapado ni cuantificado, sino que pueda encontrar una forma, una voz y una escena para hacerse audible junto a otros. Porque si algo nos enseñan la escuela y el arte, aun en sus versiones más modestas, es que lo que no se puede decir de otra manera, a veces, se puede encontrar en las voces de otros, o se puede actuar, o bailar, o cantar, o llenar de líneas y colores. Y eso, el sudor y la mano alzada, ningún algoritmo lo va a hacer por nosotros.

* Docente, Investigador en UNMDP, Director de Artes Escénicas, Doctorando en Educación en UNR.