Martín Salvetti es docente y consultor en innovación y educación técnica con amplia experiencia en prácticas profesionalizantes y empleabilidad, en esta columna ofrece una reflexión sobre pensar la educación desde el diálogo
Por Martín Salvetti
La velocidad con la que cambia el mundo obliga a replantear una de las preguntas más importantes de cualquier sistema educativo: ¿Qué significa hoy preparar a un estudiante para su futuro?
Hace apenas unas décadas esa respuesta parecía relativamente estable. Las profesiones cambiaban lentamente, los conocimientos permanecían vigentes durante años y la escuela podía organizar la enseñanza alrededor de disciplinas relativamente independientes entre sí. Hoy ese escenario ya no existe. La inteligencia artificial, la automatización, la transición energética, la economía del conocimiento y las nuevas formas de producción están transformando el trabajo, la ciudadanía y la manera en que las personas aprenden a lo largo de toda la vida.
En ese contexto, la educación enfrenta un desafío diferente. Ya no alcanza con transmitir contenidos. Es necesario ayudar a los estudiantes a comprender por qué aprenden lo que aprenden y cómo esos conocimientos les permitirán interpretar, participar y transformar una realidad cada vez más compleja.
Ese desafío vuelve indispensable fortalecer la relación entre educación y trabajo. Pero sería un error reducir esa relación a la preparación para conseguir empleo. Vincular la escuela con el mundo del trabajo significa acercar a los estudiantes a los problemas, las tecnologías, los procesos productivos, la investigación, la innovación y las transformaciones sociales que definirán el contexto en el que desarrollarán su proyecto de vida.
La comunidad educativa debe ser mucho más grande que la escuela
Con frecuencia esperamos que sea cada escuela la que construya ese vínculo. Que cada director genere acuerdos con empresas o universidades. Que cada docente encuentre la manera de conectar los contenidos de su materia con los cambios científicos, tecnológicos y productivos. Que cada institución descubra, casi por ensayo y error, cómo acercar el futuro al aula. Sin embargo, esa expectativa resulta tan injusta como ineficaz.
Ninguna escuela puede representar por sí sola la complejidad del mundo contemporáneo. Ningún docente puede mantenerse actualizado sobre todos los cambios que atraviesan los distintos sectores productivos. Ningún equipo directivo debería cargar individualmente con la responsabilidad de construir las redes que el propio sistema educativo necesita.
Por eso es momento de ampliar nuestra idea de comunidad educativa. Además de estudiantes, docentes y familias, esa comunidad debe incorporar a universidades, centros tecnológicos, institutos de formación profesional, empresas, cooperativas, organizaciones sociales, municipios y organismos públicos. Todos ellos producen conocimientos, identifican desafíos y desarrollan experiencias que pueden enriquecer la enseñanza y darle sentido a los aprendizajes.
Hoy existen escuelas que logran construir esas articulaciones. Son instituciones que desarrollan proyectos con universidades, trabajan junto a empresas, participan de investigaciones o resuelven problemas reales de su comunidad. Esas experiencias muestran el camino y demuestran que otra forma de enseñar es posible. Pero lo que no puede suceder es que esas oportunidades dependan de la suerte.
No puede depender de que un estudiante haya ingresado a una escuela con más recursos. No puede depender de que un directivo particularmente comprometido haya logrado abrir puertas donde otros no pudieron. Tampoco puede depender del enorme esfuerzo personal de un docente que, además de enseñar, dedica tiempo a construir vínculos que deberían formar parte de una política educativa.
Cuando el acceso a experiencias que conectan educación y trabajo depende de personas excepcionales, deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio.
La interdisciplinariedad es también una forma de construir comunidad
Los grandes desafíos del presente no pertenecen a una sola disciplina. Comprender la transición energética, el desarrollo de la inteligencia artificial, la producción sostenible o los cambios demográficos exige integrar conocimientos provenientes de distintos campos. Por eso la interdisciplinariedad dejó de ser una innovación pedagógica para convertirse en una necesidad educativa.
Cuando una escuela trabaja sobre problemas reales, la Matemática, la Física, la Biología, la Tecnología, la Geografía o la Lengua dejan de competir entre sí y comienzan a complementarse. Cada disciplina aporta herramientas para comprender una realidad que nunca aparece fragmentada. Pero esa integración tampoco termina dentro del aula.
Los problemas reales requieren dialogar con investigadores, técnicos, profesionales, empresas, organismos públicos y organizaciones de la sociedad civil. La interdisciplinariedad también consiste en construir puentes entre la escuela y la comunidad, entre los saberes académicos y las experiencias que se desarrollan fuera de ella.
Es allí donde la relación entre educación y trabajo adquiere su verdadero significado. No porque la escuela deba responder exclusivamente a las necesidades del mercado laboral, sino porque comprender el mundo implica conocer cómo se produce el conocimiento, cómo se organiza el trabajo, cómo se desarrollan las tecnologías y cómo las decisiones que tomamos impactan sobre la vida de las personas.
Si realmente queremos que todos los estudiantes encuentren sentido en lo que aprenden, debemos dejar de pensar que esa tarea puede sostenerse únicamente sobre el compromiso individual de las escuelas. La articulación entre educación, formar para la vida y comunidad no puede depender de la iniciativa aislada de algunos docentes ni de la capacidad de gestión de determinados directivos. Debe convertirse en una política pública que garantice oportunidades para todos.
Porque cuando el futuro depende de la educación, la escuela no puede estar sola.
