Adaptan mobiliario roto a soluciones ortopédicas gratuitas. La iniciativa cuenta con el respaldo de las familias y la donación de insumos. Esta propuesta solidaria combina el cuidado ambiental con la vocación de servicio frente a contextos económicos complejos.
En el taller de las ideas y el compromiso comunitario, el material en desuso deja de ser desecho para convertirse en una oportunidad de autonomía y movilidad. En la Escuela Secundaria Dr. Eloy Ortega, ubicada en la ciudad de Corrientes, un grupo de estudiantes lleva adelante una iniciativa con profunda impronta solidaria: transformar el mobiliario escolar deteriorado en andadores ortopédicos destinados a adultos mayores y personas con discapacidad.
La propuesta, que conjuga el reciclaje con la asistencia social, reutiliza la estructura metálica de las mesas y pupitres que quedaron totalmente fuera de servicio dentro de la institución. En lugar de acumularse en los depósitos del establecimiento, estas piezas son desmanteladas, adaptadas y acondicionadas para cumplir una función indispensable en la vida cotidiana de personas con movilidad reducida.
El docente a cargo de la materia Economía, Guillermo Castillo, explicó el origen y la dinámica de este proceso productivo en diálogo con República de Corrientes. Según detalló el profesor, la institución cuenta con una fuente constante de materia prima debido al desgaste natural del equipamiento: “En relación con el material a reciclar, tenemos un volumen excedente como consecuencia de la gran cantidad de mesas que se van deteriorando con el tiempo. Aquellas unidades que aún admiten un arreglo se reparan para que vuelvan a prestar servicio como pupitres en las aulas, mientras que las estructuras cuyo grado de rotura es irreversible son las que reasignamos para la fabricación de los caminadores”.
El desarrollo de cada andador requiere no solo de destreza técnica, sino también del involucramiento directo del entorno familiar y socioeducativo. La falta de infraestructura de taller dentro del plan de estudios tradicional se compensa con el respaldo de la comunidad.
“Respecto de las herramientas y el trabajo técnico más complejo, es fundamental destacar el acompañamiento de las familias. Siempre hay un padre o un abuelo que aporta sus herramientas y colabora activamente en el ensamblado y las terminaciones”, remarcó Castillo. Asimismo, la adquisición de insumos complementarios recae en el esfuerzo estudiantil: “Todo lo relativo a la pintura, terminaciones y accesorios necesarios para la terminación del producto proviene exclusivamente de donaciones realizadas por los propios alumnos”.
Una vez confeccionados, los dispositivos ortopédicos son entregados de forma totalmente gratuita a quienes los necesitan. El circuito de distribución es abierto y responde a la demanda de la comunidad local: “A medida que fabricamos los caminadores y la noticia trasciende en el barrio, las solicitudes empiezan a llegar. La entrega es abierta: familiares, vecinos o cualquier persona que requiera un andador puede recibirlo en donación”, afirmó el docente.
Valor pedagógico
Esta experiencia solidaria no es un hecho aislado en la Escuela Dr. Eloy Ortega. Surgió originalmente en 2019 de la mano de la promoción de aquel entonces, cuando los estudiantes advirtieron el potencial que guardaba el depósito de mobiliario en desuso de la escuela. A lo largo de los años, el proyecto ha mantenido un carácter dinámico y fluctuante. “Es una iniciativa que se renueva según el contexto. Hay años en los que podemos sostenerla y otros en los que no, ya que su continuidad depende directamente del grado de motivación de cada grupo de alumnos y de la disponibilidad de las familias para sumar su ayuda”, precisó Castillo.
En oportunidades anteriores, el compromiso del estudiantado de la institución también se tradujo en campañas de asistencia y colectas destinadas a familias damnificadas por las inundaciones en la región, consolidando una cultura institucional orientada al servicio a la comunidad.
“Personalmente, sigo apostando a que tenemos una juventud que puede cambiar nuestra realidad. Hay que incentivarlos, pero también exigirlos. Si alguien les pregunta si quieren hacer juguetes, lo más probable es que no lo hagan, pero los adultos no nos damos cuenta de que si le damos un poco de presión con motivación, salen buenos resultados”, reflexionó.
“Además, solemos decir que los alumnos no hacen nada o que pasan la mayor parte del tiempo con sus celulares. Pero tampoco sabemos mostrarles el camino para que se involucren en algo que les guste. Lo que siento es que cuando sean grandes recordarán lo que hicieron y seguramente lo volverán a hacer con sus familias, en sus trabajos o en sus barrios. Es una experiencia muy buena”, continuó.
“Para mí, como educador, ver cómo una mesa rota se transforma en la posibilidad de que un abuelo vuelva a caminar es la satisfacción más grande que me da la docencia. Formar parte de esta propuesta me llena de orgullo porque demuestra que la escuela no solo enseña contenidos teóricos, sino que también es un motor de cambio social”, destacó.
A pesar de las dificultades económicas que nos atraviesan a todos y que afectan a muchos de nuestros chicos, ellos siguen apostando con el corazón a la solidaridad”, concluyó.
Fuente: La República
