En tiempos de chicos agotados y ansiosos, defender el descanso –dice la autora de esta columna de opinión– no es bajar la exigencia: es comprender mejor cómo se aprende
Por Laura Lewin
Ojo que no es una escena inusual: chicos que terminan las clases, cierran la mochila y quieren respirar aliviados… pero no pueden del todo, porque el último día se coló una lista de tareas para las vacaciones: lecturas obligatorias, cuentas, ejercicios, trabajos prácticos, carpetas para completar.
¿Por qué esa necesidad de convertir las vacaciones en una extensión encubierta de la escuela?
Las vacaciones no son un premio por haber trabajado bien. Son una necesidad del desarrollo físico, mental y emocional. Los chicos no aprenden solamente cuando están sentados resolviendo actividades. Aprenden también cuando juegan, cuando se aburren, cuando conversan, cuando duermen más, cuando miran por la ventana, cuando cocinan con alguien, cuando se mueven, cuando exploran, cuando no tienen que cumplir.
Durante el año escolar, muchos chicos viven en modo demanda: horarios, presiones, evaluaciones, expectativas, comparación, consignas, rendimiento. Y cuando el sistema nervioso pasa demasiado tiempo activado, no necesariamente aprende más. Muchas veces apenas logra sostenerse. O sean sobrevive. Para que haya pensamiento profundo, memoria, creatividad y regulación emocional, también hacen falta pausas reales.
El descanso no es ausencia de aprendizaje: es parte del aprendizaje. Hoy sabemos que el cerebro consolida lo aprendido en períodos de descanso, sueño y desconexión. No se trata de “no hacer nada”, sino de permitir que lo vivido encuentre lugar. La memoria necesita tiempo, la atención necesita renovarse, la motivación necesita recuperar aire. Y la curiosidad, esa fuerza maravillosa que empuja a aprender, se apaga cuando todo aparece como obligación.
Un chico que vuelve de vacaciones no necesita traer una carpeta completa. Necesita volver con energía, con ganas, con mundo vivido. Necesita haber leído algo por placer, no por miedo a una nota. Haber jugado sin que todo tenga un objetivo pedagógico. Haber tenido tiempo propio. Haber descubierto, aunque sea por unos días, que su vida no se reduce a cumplir.
Y acá es necesario recordar algo: una cosa es invitar y otra muy distinta es imponer. La escuela puede sugerir libros, películas, paseos, juegos, diarios de viaje, conversaciones familiares, desafíos creativos. La escuela puede abrir puertas. Puede decir: “Si tenés ganas, explorá esto”. Pero cuando la escuela manda deberes obligatorios en vacaciones, ocupa un territorio que también debe ser protegido: el tiempo de descanso.
Además, no todos los chicos viven las vacaciones de la misma manera. Para algunos, son viajes, libros, adultos disponibles y espacios tranquilos. Para otros, son casas llenas, poco espacio, responsabilidades familiares, pantallas como refugio o cansancio acumulado. Mandar tareas como si todos tuvieran las mismas condiciones también puede ampliar desigualdades. El que cuenta con acompañamiento vuelve con todo hecho. El que no, vuelve con culpa. Y la culpa no enseña. La culpa pesa.
Hay escuelas que creen que dar tarea en vacaciones sostiene hábitos. Puede ser. Pero también puede sostener otra cosa: la idea de que aprender es obedecer incluso cuando el cuerpo pide pausa. Que descansar es perder el tiempo, que el buen alumno es el que nunca se desconecta, o que la productividad vale más que el bienestar.Y ese mensaje, en tiempos de ansiedad, agotamiento y chicos cada vez más estresados, es demasiado caro.
La escuela tiene una oportunidad y una responsabilidad enorme: enseñar también a descansar. Enseñar que una mente sana alterna esfuerzo y recuperación. Que el ocio no es enemigo del aprendizaje. Que el juego no es una pérdida menor de tiempo, sino una forma profunda de organización cerebral, emocional y social. Que aburrirse un poco puede abrir puertas a la imaginación y a la creatividad. Que una caminata, una charla, una tarde sin agenda o una mañana más lenta también hacen su trabajo por dentro.
No se trata de bajar la exigencia. Se trata de entender mejor cómo se construye el aprendizaje. Exigir no es ocupar cada espacio disponible. Una escuela comprometida no mide su seriedad por la cantidad de deberes que deja, sino por la calidad de las experiencias que propone durante el tiempo escolar
Las vacaciones deberían ser un territorio de recuperación. No para olvidarse de la escuela, sino para volver a ella con más disponibilidad interna. Un chico descansado escucha mejor. Un chico que jugó vuelve más despierto. Un chico que pudo soltarse un poco tiene más posibilidades de reencontrarse con el deseo de aprender.
Quizás la verdadera pregunta no sea qué tarea dejamos para las vacaciones, sino qué confianza tenemos en lo que enseñamos durante el año. Si una experiencia de aprendizaje fue significativa, no necesita ser perseguida con fotocopias en vacaciones. Queda dando vueltas. Se conecta con la vida. Reaparece.
Dar menos deberes en vacaciones no es abandonar a los chicos. Es respetar sus tiempos. Es reconocer que el cerebro no es una máquina de producir evidencias escolares. Es animarnos a una pedagogía más humana, más lúcida y más valiente.
Dejemos de llenar las vacaciones de actividades, y animémonos a decir: descansen, jueguen, lean algo que les guste, miren el cielo, conversen, abúrranse un poco, vuelvan con ganas. Acá los esperamos. Eso también educa.
