La aceleración tecnológica impulsada por la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una novedad para convertirse en una realidad cotidiana. Tras etapas de sorpresa y experimentación, el panorama actual avanza hacia sistemas más autónomos —la denominada inteligencia agéntica— capaces de realizar tareas complejas como programar software, organizar viajes o gestionar reservas de cabañas. Sin embargo, es en el ámbito educativo donde su irrupción plantea los debates más profundos sobre la enseñanza, la evaluación y el rol humano.
El “ida y vuelta” entre inteligencias artificiales
Según el profesor y magíster Diego Craig, la presencia de estas herramientas en el ámbito académico es masiva: “Hoy en día hay una penetración muy alta de la IA en las aulas, estamos hablando del 70% fácil de tanto en los alumnos como en los profesores”, dijo en República Stream.
No obstante, el especialista advierte sobre el modo en que la tecnología ingresó a las aulas. “Lamentablemente la IA entró en educación por el lado de la trampa”, explica, señalando que se ha generado una dinámica problemática en la entrega de tareas:
“Se empezó a producir un problema en educación que es que el docente elabora el trabajo práctico con IA, le entrega la consigna esa a un alumno, el alumno la resuelve con IA. Entonces se produce un ida y vuelta de un mensaje entre dos inteligencias artificiales dejando a los humanos de lado, y eso es un problema hoy”.
La falacia de los detectores y el “ojo del profesor”
Frente a la consulta sobre la efectividad de los software que prometen detectar contenido generado por algoritmos, Craig desestima su precisión analítica. A su criterio, el filtro más certero sigue siendo el conocimiento directo del docente sobre el estudiante: “El que puede detectar, el ojo del profesor que conoce a su alumno”.
Esta situación también genera falsos alarmas en la educación superior, donde trabajos elaborados genuinamente por alumnos corren el riesgo de ser etiquetados como automatizados por el solo hecho de usar fórmulas habituales en la IA, como la frase “en resumen”.
La propuesta pedagógica: transparencia y pensamiento crítico
Ante la imposibilidad de prohibir o detectar con precisión el uso de estas herramientas, Craig sostiene que la solución requiere un cambio de paradigma en la enseñanza: “Nosotros en educación lo que estamos trabajando es básicamente en la transparencia. O sea, que la inteligencia artificial sea parte de la consigna del docente”.
La propuesta implica que el docente defina con claridad qué partes del trabajo se pueden o no realizar con asistencia digital, permitiendo que el alumno lo declare de manera abierta:”Y después cuando entregás, decís “este trabajo estuvo hecho en parte por inteligencia artificial” y eso no debería ser penalizado”.
En cuanto a la metodología pedagógica, el magíster remarca la importancia de priorizar la instancia humana antes de delegar tareas en las máquinas: “Mi consigna hacia el docente es “la IA sí, pero la IA después”. O sea, primero humano-humano, o sea docente-alumno”.
Para el especialista, el fin principal de la educación radica en ejercitar habilidades cognitivas complejas que no pueden ser reemplazadas por un algoritmo:”Tenemos que no solo transmitir un conocimiento sino que hay algo fundamental que es desarrollar lo que se llama capacidades de pensamiento superior, que es hacer que los alumnos tengan capacidad crítica, analítica, que puedan comprender textos, elaborar buenos prompts para la IA”.
Especializaciones y tiempos de apropiación
Finalmente, Craig aborda los procesos de adopción de la tecnología, comparando la resistencia inicial a la IA con lo sucedido años atrás con la computadora o con aplicaciones como WhatsApp, que con el tiempo pasaron a ser indispensables.
Respecto a las herramientas del mercado, destaca que cada una posee fortalezas particulares: Claude sobresale en desarrollo de código y programas; ChatGPT destaca por su capacidad de redacción y expresión escrita; mientras que Gemini ofrece una integración directa con los servicios de búsqueda, correo y agenda del ecosistema de Google.
Fuente: La República
